Caminaba por el parque como quien no tiene ninguna preocupación en el mundo. El sol se filtraba entre las ramas de los árboles, dibujando pequeñas manchas doradas sobre el sendero. Una brisa suave movía las hojas, los pájaros cantaban desde algún lugar que no alcanzaba a distinguir y, a lo lejos, unos niños corrían detrás de una pelota. Había algo extraordinariamente hermoso en aquella tarde. Todo parecía estar exactamente donde debía estar. Él sonreía. De vez en cuando levantaba la mirada para contemplar el cielo, se detenía frente a una flor que había crecido entre las grietas del camino o seguía con los ojos el vuelo de un ave. Parecía disfrutar de cada pequeño detalle, como si estuviera descubriendo el mundo por primera vez. Y, en cierto modo, así era. Tenía una sensibilidad casi dolorosa para apreciar las cosas. Una sensibilidad que, paradójicamente, parecía separarlo cada vez más del mundo que tanto admiraba. Encontraba belleza en la forma en que la luz atravesaba una hoja, en el...
La ciudad respiraba como una bestia infinita. Exhalaba humo, ruido y pasos apresurados; inhalaba rostros que nadie miraba dos veces. En medio de ese organismo vivo, un hombre caminaba como si no perteneciera a él, como si fuera un error en su sistema. Sus hombros rozaban apenas a los demás, pero cada contacto lo empujaba más hondo dentro de sí mismo. Caminaba sin pensar, siguiendo una ruta que el cuerpo recordaba mejor que la mente. La misma acera. Los mismos semáforos. Los mismos giros que no exigían decisión. Un recorrido aprendido por repetición, sostenido por la inercia de alguien que ya no esperaba nada distinto al final del trayecto. Tropezaba. Una, dos, tres veces. Pero no pedía disculpas. Nadie lo hacía. Porque nadie tenía rostro. Donde deberían existir ojos o gestos, solo había superficies lisas, borrosas, como si la realidad se hubiese cansado de dibujar detalles innecesarios. La multitud avanzaba sin identidad, sin historia, sin alma. Y aun así, llenaban cada rincón, cada se...