El cuarto apenas respiraba.
Una lámpara moribunda colgaba del techo, dejando caer una luz amarillenta que parecía cansada de existir. En ese rincón, sentado al borde de una cama desordenada, Myles sostenía su guitarra como si fuera lo único que todavía sabía decirle la verdad.
Sus dedos recorrían las cuerdas sin prisa, como si cada nota tuviera que atravesar algo antes de salir. No era una melodía completa, ni una idea clara; era más bien un intento. Un intento de sostener algo que se le escapaba.
El aire olía a madera vieja y a recuerdos que no se atreven a nombrarse.
Sobre el suelo: papeles arrugados, frases incompletas, títulos tachados.
Historias que no sobrevivieron a la primera lectura.
Myles cerró los ojos.
A veces, el silencio pesa más que el ruido.
Y en ese silencio aparecían rostros, lugares, versiones de sí mismo que ya no reconocía.
Había risas que ya no sabía repetir. Promesas que no supo sostener.
Caminos que dejó de recorrer sin darse cuenta de que eran los únicos que importaban.
Una nota se quebró bajo sus dedos.
No fue la cuerda.
Fue él.
Tragó saliva, pero no alcanzó. Algo se le acumulaba en el pecho: denso, inmóvil, como una tormenta que no termina de romper. Cuando finalmente lo hizo, no hubo estruendo, solo lágrimas silenciosas cayendo sobre la madera de la guitarra, apagando el brillo del instrumento con pequeñas manchas oscuras.
Siguió tocando.
Porque parar era peor.
Entre una progresión y otra, empezó a escribir.
No con la certeza de estar creando algo grande, sino con la urgencia de no perder lo poco que todavía sentía real.
Las palabras salían torcidas, a veces repetidas, a veces inconclusas… pero eran honestas.
Y eso bastaba.
Un golpe suave en la puerta.
Myles no respondió.
Otro golpe, esta vez más claro, pero igual de respetuoso.
La puerta se abrió apenas lo suficiente para dejar entrar a un chico de postura firme y mirada cuidadosa.
—Myles… —dijo con voz baja, como si temiera romper algo invisible—. Ya es hora.
No hubo prisa en su tono. Solo un recordatorio.
Myles no levantó la mirada de inmediato. Dejó que el momento se asentara, como si necesitara decidir si iba a quedarse ahí para siempre o levantarse otra vez.
Finalmente, respiró.
Una vez.
Dos.
Se pasó el dorso de la mano por el rostro, borrando rastros que no desaparecerían del todo. Se quedó unos segundos más, con los ojos fijos en la guitarra, como si le estuviera pidiendo permiso.
Luego se puso de pie.
El pasillo detrás del escenario era un contraste violento: luces, cables, voces, movimiento.
Todo avanzaba.
Todo exigía.
Todo esperaba.
Cada paso lo acercaba a un ruido que crecía como una ola.
Hasta que llegó.
La oscuridad del cuarto quedó atrás.
Frente a él, un mar de luces y sombras vibrantes.
La multitud rugía su nombre, una y otra vez, como si fuera un conjuro.
Myles dio un paso adelante… y luego otro.
Y entonces, sin previo aviso, corrió.
Saltó al escenario.
El estruendo fue inmediato, ensordecedor, vivo.
Y ahí, en medio de todo, su rostro cambió, como si alguien hubiera encendido una luz distinta dentro de él.
Pero antes—
por un segundo, todo se disipó.
El ruido desapareció como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo.
Miles de pensamientos rondaron, caóticos, superpuestos, mientras su mirada se perdía en esa multitud infinita.
Un pitido agudo se coló en el vacío, insistente, como si intentara enfocar todo en un solo punto.
Myles respiró hondo.
Y al exhalar—
todo volvió.
Una sonrisa amplia, brillante, casi imposible.
Tomó el micrófono.
Miró a la multitud, respiró hondo… y gritó:
—¿¡Están listos para esto!?
El “¡SÍ!” no fue una respuesta; fue una caída libre.
Myles inclinó apenas la cabeza, como quien acepta algo que no termina de entender.
Sus manos encontraron su lugar de memoria.
La guitarra se acomodó contra su pecho como si siempre hubiera estado ahí.
Y entonces—
algo empezó.
No una nota.
No todavía.
Primero, el gesto mínimo:
el pulso que marca un tiempo que nadie ve,
la tensión en los dedos antes de soltarse,
la respiración que se sincroniza con miles sin pedir permiso.
Las luces estallaron en fragmentos.
El aire se volvió electricidad.
Y en algún punto entre el ruido y el silencio, entre lo que se rompe y lo que sigue,
la historia dejó de necesitar palabras.
Porque lo que vino después
no se escribe.

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