Entró sin tocar.
La habitación ya me conocía: paredes cansadas, una luz que no decide si quedarse o huir. Yo estaba ahí, sentado frente a mí mismo, cuando él apareció como llegan los pensamientos que no se invitan: sin ruido, pero con peso. Lo reconocí de inmediato y aun así fingí sorpresa. Era un antiguo reflejo de mis vidas pasadas. No uno fiel, sino uno corregido con crueldad: traje impecable, zapatos que no hacían ruido al pisar, el cuello erguido como si el mundo le debiera espacio.
Sonreía a medias. Una sonrisa cínica, engreída, fina. De esas que no piden permiso ni perdón. Reía poco, lo justo, como quien sabe algo que aún no estás listo para aceptar. Su confianza no era calma, era dominio total.
En su mano llevaba un vaso bajo y pesado, con un líquido ámbar que atrapaba la luz. Lo movía despacio, como si el tiempo le obedeciera, y cada giro hacía chocar el silencio.
—¿Vienes a quedarte? —le pregunté sin siquiera mirarlo.
Alzó una ceja, dio un sorbo breve, medido, y me miró por encima del borde del vaso, mirándose en mí como en un espejo que ya conocía muy bien.
—Siempre he estado aquí —dijo—. Solo cambiaste la forma de verme.
Mientras hablaba del propósito de su existencia, volvía al vaso, una pausa líquida entre frase y frase. Decía que había nacido para recordarme todo lo que no fui, todo lo que no dije, todo lo que dejé sangrar sin atender. Cada trago parecía sellar una verdad incómoda. Cada palabra suya era una punzada exacta en el centro del pecho, ese lugar donde el dolor no se anuncia, se instala.
Le ofrecí una silla. Error antiguo: darles lugar a los demonios les enseña a acomodarse.
Se sentó con elegancia, cruzó las piernas, dejó el vaso descansar en su mano como una extensión de sí mismo. Me habló de lo fácil que era vivir en mi mente, de lo bien que se adaptaba a mis dudas, de cómo mi agotamiento le daba forma. El líquido en su vaso descendía lento, y yo sentía que algo en mí hacía lo mismo.
—¿Y cómo se vive siendo tú? —le pregunté, cansado hasta los huesos.
Sonrió, dio otro sorbo, dejó el vaso suspendido un segundo antes de responder.
—No se vive —dijo en tono burlesco—. Se controla.
Entonces comprendí que su propósito no era guiarme, sino quedarse. Que su presencia no buscaba ruido, sino permanencia. Intenté mirar a otro punto de la habitación, cerrar los ojos, pensar en nada. Pero incluso ahí, sentía el peso del vaso, el eco de su risa breve, el dolor punzante que no se va.
—¿Cómo hago para que desaparezcas? —pregunté, con la voz rendida.
Se inclinó hacia adelante. Su mirada era la mía, pero sin cansancio. Sentí su mano posarse en mi hombro. Firme, segura, como si siempre hubiera estado ahí. El vaso quedó suspendido en el aire un instante.
—No puedes echarme —dijo con absoluta seguridad—. Yo nací aquí.
Luego retiró la mano con calma, dio otro giro al vaso y continuó, ya sin mirarme del todo solo contemplando una vieja fotografía casi inexistente en la pared., ya sin mirarme del todo:
—Pero puedes dejar de alimentarme. De justificarme. De brindarme espacio.
La habitación empezó a encogerse. Mi mente, agotada y sin poder escuchar una palabra mas, no pidió victoria; pidió clemencia. No pidió olvidar; pidió soltar. Sentí el peso de todos los días acumulados, de todas las versiones de mí que nunca se fueron.
—Déjame ir —susurré. No supe si se lo decía a él o a mí.
El hombre del traje permaneció en la habitación, de pie, con su presencia firme, inamovible. El vaso ya no brillaba, pero seguía en su mano. Yo lo miré con recelo, con esa desconfianza que nace cuando sabes que algo puede herirte, pero también enseñarte.
No éramos aliados. Tampoco enemigos absolutos.
Acepté que estaba ahí. No para obedecerlo, sino para observarlo. Para aprender de lo que señalaba, de lo que dolía, de lo que aún necesitaba ser mirado sin huir.
La habitación respiró. Yo también.
Y entendí que a veces sanar no es expulsar al demonio ni romper el espejo, sino aprender a convivir con él sin permitirle gobernar.
Remarkable
ResponderEliminarRemarkable indeed! Gracias por leer amigo.
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