El andén número tres vibraba con un murmullo constante, como si la estación tuviese pulso propio. Bajo la bóveda de hierro forjado y cristal empañado, la luz gris de la mañana se filtraba en haces oblicuos que atravesaban el vapor de las locomotoras, convirtiendo el aire en una catedral efímera de humo y resplandores. Allí permanecía el hombre. Su levita negra caía con una perfección casi geométrica sobre sus hombros; el chaleco de brocado gris perla reflejaba apenas la claridad, como si guardara un secreto bajo la tela. Sus botas, lustradas hasta el extremo de parecer espejos oscuros, no tenían una sola mancha de barro, detalle notable en una estación donde el carbón y la lluvia se aliaban para mancharlo todo. Sus guantes de cuero, color marfil envejecido, descansaban cruzados tras su espalda. Y el bastón —más símbolo que apoyo— tocaba el suelo con una dignidad silenciosa. A su alrededor, el mundo se apresuraba. Un vendedor ambulante anunciaba periódicos con titulares sobre avances in...
Historias y pensamientos que atraviesan la mente de un eterno soñador.