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Mostrando entradas de febrero, 2026

Tren de Pensamientos

El andén número tres vibraba con un murmullo constante, como si la estación tuviese pulso propio. Bajo la bóveda de hierro forjado y cristal empañado, la luz gris de la mañana se filtraba en haces oblicuos que atravesaban el vapor de las locomotoras, convirtiendo el aire en una catedral efímera de humo y resplandores. Allí permanecía el hombre. Su levita negra caía con una perfección casi geométrica sobre sus hombros; el chaleco de brocado gris perla reflejaba apenas la claridad, como si guardara un secreto bajo la tela. Sus botas, lustradas hasta el extremo de parecer espejos oscuros, no tenían una sola mancha de barro, detalle notable en una estación donde el carbón y la lluvia se aliaban para mancharlo todo. Sus guantes de cuero, color marfil envejecido, descansaban cruzados tras su espalda. Y el bastón —más símbolo que apoyo— tocaba el suelo con una dignidad silenciosa. A su alrededor, el mundo se apresuraba. Un vendedor ambulante anunciaba periódicos con titulares sobre avances in...

El Rugido de Saturno

Las luces de la imponente Neo Kioto II rebozaban sobre las avenidas como ríos líquidos de neón, pero aquella noche no había tráfico de naves surcando los corredores aéreos ni convoyes magnéticos zumbando entre los rascacielos de cobre, cristal y engranajes ornamentales. Las viejas calderas de vapor del distrito Kurogane exhalaban apenas un suspiro tibio; los tranvías magnéticos reposaban suspendidos como insectos metálicos en hibernación. La metrópolis, célebre por su irreverente insomnio, parecía un mecanismo detenido, como si alguien hubiese detenido el gran reloj industrial que la gobernaba. Más de la mitad de su población —humanos de carne vulnerada por la radiación, robots de aleación bruñida, humanoides de piel sintética y ciudadanos con prótesis cromadas que silbaban al tensarse— estaba reunida frente a cualquier pantalla disponible. En bares saturados, en viviendas cápsula, en hangares reciclados y bajo puentes que conectaban torres suspendidas sobre el vacío saturniano. En cu...

Danza con las sombras

Entró sin tocar. La habitación ya me conocía: paredes cansadas, una luz que no decide si quedarse o huir. Yo estaba ahí, sentado frente a mí mismo, cuando él apareció como llegan los pensamientos que no se invitan: sin ruido, pero con peso. Lo reconocí de inmediato y aun así fingí sorpresa. Era un antiguo reflejo de mis vidas pasadas. No uno fiel, sino uno corregido con crueldad: traje impecable, zapatos que no hacían ruido al pisar, el cuello erguido como si el mundo le debiera espacio. Sonreía a medias. Una sonrisa cínica, engreída, fina. De esas que no piden permiso ni perdón. Reía poco, lo justo, como quien sabe algo que aún no estás listo para aceptar. Su confianza no era calma, era dominio total. En su mano llevaba un vaso bajo y pesado, con un líquido ámbar que atrapaba la luz. Lo movía despacio, como si el tiempo le obedeciera, y cada giro hacía chocar el silencio. —¿Vienes a quedarte? —le pregunté sin siquiera mirarlo. Alzó una ceja, dio un sorbo breve, medido, y me ...