La ciudad respiraba como una bestia infinita. Exhalaba humo, ruido y pasos apresurados; inhalaba rostros que nadie miraba dos veces. En medio de ese organismo vivo, un hombre caminaba como si no perteneciera a él, como si fuera un error en su sistema. Sus hombros rozaban apenas a los demás, pero cada contacto lo empujaba más hondo dentro de sí mismo. Caminaba sin pensar, siguiendo una ruta que el cuerpo recordaba mejor que la mente. La misma acera. Los mismos semáforos. Los mismos giros que no exigían decisión. Un recorrido aprendido por repetición, sostenido por la inercia de alguien que ya no esperaba nada distinto al final del trayecto. Tropezaba. Una, dos, tres veces. Pero no pedía disculpas. Nadie lo hacía. Porque nadie tenía rostro. Donde deberían existir ojos o gestos, solo había superficies lisas, borrosas, como si la realidad se hubiese cansado de dibujar detalles innecesarios. La multitud avanzaba sin identidad, sin historia, sin alma. Y aun así, llenaban cada rincón, cada se...
Historias y pensamientos que atraviesan la mente de un eterno soñador.