No supo en qué momento el espacio comenzó a cerrarse sobre él. Al principio, todo era una claridad incierta, como una memoria mal recordada. Las paredes no tenían textura definida, pero estaban ahí, respirando en un silencio antiguo. El suelo sostenía su peso con una obediencia sospechosa, y el aire —denso, casi líquido— parecía deslizarse dentro de sus pulmones con esfuerzo. Luego vinieron las puertas. No aparecieron de golpe. Se insinuaron primero: una línea en la pared, una sombra más recta que las demás, una promesa apenas dibujada. Después, como si el lugar hubiera decidido revelarse por completo, estuvieron todas ahí. Innumerables. Cada una distinta. Cada una inevitable. El hombre eligió una sin saber por qué. Tal vez por instinto, tal vez por miedo a quedarse quieto demasiado tiempo. La cruzó con el pulso temblándole en las manos. Y regresó. No fue un regreso evidente. No hubo ruido, ni ruptura, ni señal de error. Solo esa sensación —terrible y exacta— de haber vuelto a ...
Historias y pensamientos que atraviesan la mente de un eterno soñador.