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La carretera






En una tranquila y ya entrada noche de otoño, conducía sin rumbo por la interestatal. Con mi agenda personal libre de pendientes, y sin buscar ocuparla, mi mente se encontraba inmersa en miles de pensamientos, mientras iba perdiendo la mirada en el eterno asfalto que llegaba a mezclarse con el mismo cielo en el horizonte.

Era una noche de esas que buscaba algo que no había podido tener en largo tiempo; soledad y paz indescriptible, lejos de mi entorno, de esas noches que se te pintan una feliz sonrisa tan genuina como la de un niño de pecho.

Mientras la velada avanzaba y la radio se dejaba escuchar a medias, una densa niebla empezaba a notarse a lo lejos de manera exponencial. Al empezar a descender sobre todo la extensa vía, la visibilidad de aquella carretera se vio comprometida al punto de perder un tanto la percepción del camino adelante, esto me obligó a detenerme en la primera gasolinera que pude encontrar. A la distancia, percibía tal panorama con cierto recelo y escalofríos.
 
Me recosté en el maletero de mi automóvil para regocijarme ante tal clima nocturno, mi única compañía eran un par de cigarrillos que hallé en mi bolsillo, y un poco de café que aún me quedaba para visualizar las pocas estrellas que se dejaban vislumbrar en la distancia, y dibujar con mis dedos constelaciones tanto reales como ficticias en ese firmamento congestionado.

Al mismo tiempo, disipé con éxito toda aflicción ante la bruma que se estaba tornando a mi al rededor, dejándome embriagar por esa noche tan curiosa con detalles muy particulares, como el del parloteo de algunas personas a lo lejos, los sonidos de autos al ruedo en el asfalto y hasta el mismo aroma a combustible y nicotina, decoraban una perfecta atmósfera y la hacían por momentos el mejor lugar del universo.


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